Perseguidas, discriminadas, explotadas... ¿acogidas?

26/10/2017 - 13:25

Redacció

Refugio. Centramos la mirada en las mujeres refugiadas, víctimas de múltiples violencias que pueden quedar diluidas cuando la asistencia ignora el factor de género. Estas mujeres sufren problemas específicos que no siempre reciben una respuesta adecuada.

Las mujeres y las niñas representan, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la mitad de las personas refugiadas, desplazadas o apátridas. No obstante, a menudo son invisibles. Sea porque se ven entregadas a mafias y redes de tráfico, sea por la posición social que ocupan o por la falta de perspectiva de género en dispositivos de atención y acogida, los derechos de las mujeres a la protección internacional son vulnerados de manera sistemática. Representantes de diversas organizaciones europeas que día a día trabajan para hacerlos efectivos se han reunido en Barcelona para visibilizar a las mujeres refugiadas y analizar los principales retos a los cuales tienen que hacer frente.

La investigación de protección internacional es una carrera de obstáculos. Es un camino por el cual tienen que transitar personas que huyen de situaciones de violencia y de opresión, con una mochila llena de inseguridades, miedos y vulnerabilidad. Pero la mochila no va siempre igual de cargada: a algunos colectivos les pesa más. Hablamos, por ejemplo, de personas sin estudios, menores no acompañados o personas sin recursos económicos, entre otros. Y hablamos también, claro está, de las mujeres, que suman una característica más a los diferentes ejes que ponen a las personas refugiadas en situaciones de riesgo.

Solo durante el 2016 el Servicio de Atención a Inmigrantes, Emigrantes y Refugiados del Ayuntamiento de Barcelona atendió a un total de 2.292 personas con relación a refugio; la cifra representa un aumento del 67 % con respecto al año anterior. De todas las personas atendidas, poco más del 45 % eran mujeres y niñas.

El género es un factor clave a la hora de comprender y dar una respuesta adecuada a las necesidades de las mujeres con derecho a refugio. Con el objetivo de poner el foco en este, la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado (CCAR) organizó el 23 de octubre la jornada “Las mujeres también somos refugiadas”, en la que participaron expertas tanto de Cataluña como del resto del Estado español y de Europa. Todas las voces coincidieron, en un momento u otro de la jornada, en una misma idea: si bien hay que reconocer avances conseguidos en los últimos años, la garantía efectiva de los derechos de las mujeres con relación al asilo es todavía un horizonte lejano.

Persecuciones por motivos de género

La desigualdad de género y la subordinación de las mujeres en la estructura social es un patrón común a la mayoría de poblaciones del planeta. Eso sitúa a las mujeres, de entrada, en una posición de desventaja a la hora de solicitar protección internacional. Además, sin embargo, hay que tener en cuenta que las mujeres son objeto de formas específicas de persecución. Las mujeres son víctimas de diversos tipos de violencia machista, matrimonios forzados, mutilaciones genitales, esterilizaciones forzadas, explotación sexual o feminicidios, entre otros. Como factor de riesgo se suma, a veces, una orientación u opción sexual que cuestiona las normas sociales.

La Convención de Ginebra no recoge explícitamente el género como motivo para solicitar el asilo, pero ACNUR, mediante sus consideraciones, ha establecido que el género se puede incluir dentro del motivo “pertenencia a un grupo social determinado”. En el Estado español, el artículo 3 de la Ley 12/2009, que define la condición de refugiado, sí que hace una referencia explícita al género.

No obstante, la protección de las mujeres que merecen refugio no siempre se hace efectiva. Las causas son diversas.

Como explica Helena Zarco, del servicio jurídico de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado (CCAR), en los casos de violencia machista el principal problema reside en probar el relato de la víctima. Aunque este relato puede ser suficiente para sacar adelante una solicitud de asilo, siempre ayuda tener medios de prueba que puedan corroborarlo. En muchas ocasiones, la violencia machista se produce en el ámbito privado; muchas mujeres, además, no denuncian tanto por miedo a represalias como por la certeza de que la policía no actuará para protegerlas.

Contar con el apoyo de una prueba genera también problemas para los casos de mujeres lesbianas. Zarco lamenta la dificultad en demostrar la orientación sexual: “¿Qué tienen que hacer, erigirse en activistas para que el resto vea qué hacen? ¿Tienen que exponerse mucho más para que la orientación sexual o la identidad de género sean visibles?”

En una línea similar, la investigadora Maria Barcons, de la Universidad Autónoma de Barcelona, pone el acento en la dificultad de probar casos de matrimonios forzados, que en España, en la práctica, no se traducen en reconocimiento del derecho de asilo. Según datos recogidos por el Departamento de Interior de la Generalitat de Catalunya, durante el 2016 se detectaron catorce casos de matrimonios forzados en Cataluña, y durante el primer semestre del 2017, cuatro casos.

Otros obstáculos que impiden a menudo el acceso al derecho de asilo son, por ejemplo, la existencia de una legislación en el país de origen que formalmente protege a las mujeres (aunque sea papel mojado), y la falta de formación con respecto a temas de género de los cuerpos policiales e intérpretes en el país de llegada. A esta última cuestión se refiere con crudeza Gabrielle Hobenreich, de la organización alemana SOLWODI. Hobenreich denunció durante la jornada las duras palabras de una persona que había entrevistado a una solicitante de asilo: “No me importa lo que te haya pasado después de que abandonaras tu país. Puede ser una tragedia humana, pero no es relevante para mi decisión.”

Solicitud denegada

Las solicitudes denegadas son un obstáculo más en el camino de algunas mujeres refugiadas. Sara (nombre ficticio) viene de un territorio donde “ser mujer es una lucha diaria: supone estar a disposición de los hombres, dejar de vivir tu vida”, según explica. Divorciada en su país de origen, Sara se sentía “presa fácil” para los hombres; su entorno la acosaba hasta el punto de hacerla sentir “sucia”, relata.

Un día, su exmarido la denunció por “mala educación religiosa” de la hija que tienen en común, y amenazó con sacársela. La hija de Sara, por otra parte, fue amenazada dos veces con arma blanca. Cuando denunció las agresiones a la policía, respuestas cargadas de machismo justificaron los hechos: la chica no llevaba velo y llevaba las uñas pintadas.

Con el fin de garantizar a su hija un futuro en libertad, en el que por ejemplo no tenga que casarse con quien no quiere, Sara ha buscado refugio en el Estado español. Como respuesta, sin embargo, el Estado ha considerado que los motivos alegados eran insuficientes y le ha denegado la solicitud de asilo. Ahora, Sara se encuentra pendiente de recurrir la decisión.

“No podemos tener miedo”

De las historias de mujeres refugiadas, como la de Sara, destaca a menudo la valentía. Es también el caso de Laura (nombre ficticio). Originaria de América Latina, y residente en Barcelona desde hace poco menos de un año, su relato acumula diversas formas de violencia.

Su periplo empezó hace seis años cuando, embarazada de su segundo hijo, tuvo que huir de un marido que la maltrataba. Se refugió, con su hijo de un año y tres meses, en casa su madre. La criatura que llevaba en el vientre nació prematuramente.

En casa de su madre, tuvo que buscarse la vida para salir adelante. Como había empezado estudios de educación, puso en marcha un pequeño espacio de atención a niños con problemas de aprendizaje. A cambio de una pequeña cuota mensual, convertía la casa de su madre en un centro de apoyo durante algunas horas al día. Pero con aquello no había bastante: Laura quería acabar la carrera en la universidad, y además tenía que conseguir ingresos para mantenerse ella y sus hijos.

Por eso, decidió buscar un trabajo como trabajadora doméstica en casa de un funcionario del Gobierno. Pasó allí unos años, haciéndose cargo incluso de los hijos de la familia. Pero también en esta ocasión la violencia le marcó la vida. Después de que el funcionario para el cual trabajaba la violara por segunda vez, decidió denunciarlo y pasar por un proceso en el cual incluso tuvo que encararse con su agresor.

La falta de respuesta del sistema judicial la llevó a denunciar el caso en la televisión. “No podía olvidar ver tanto cinismo en una persona que basa su campaña política en hablar de la violencia contra las mujeres”, explica Laura. Su intervención pública le comportó persecuciones y amenazas, y precipitó el cierre de la sala de estudios que había organizado. Finalmente, consiguió huir y ahora solicita asilo al Estado español.

Desde Barcelona, su mensaje para las mujeres que se encuentran en situaciones de violencia es claro: “Que no se dejen, que no callen […] no podemos tener miedo, porque si lo tenemos, cómo podemos ayudarnos y ayudar a los demás?” Consciente de que hay cicatrices que no se borran, lucha cada día por continuar adelante.

Barcelona: ¿un buen refugio para las mujeres?

Tanto Sara como Laura hablan con profundo agradecimiento del equipo que les ha dado apoyo en su estancia en Barcelona. Según explica Mireia Cano, integradora de CCAR que trabaja en la acogida de personas solicitantes de asilo, en la intervención se tienen en cuenta las motivaciones y necesidades de las mujeres y se pretende empoderarlas. En los pisos de acogida, por ejemplo, se trabaja para evitar que se reproduzca la segregación de funciones por género, se promueve la participación de las mujeres con hijos en los itinerarios sociolaborales (con ayudas de jardín de infancia y comedor escolar) y se acostumbra a asignar a las mujeres la titularidad de las ayudas.

Pero aunque se han implementado algunas buenas prácticas, quedan muchos retos por anticipado. Desde sicar.cat, Rosa Cendón señala algunos, como la mejora del abordaje de los casos en los que las solicitantes de asilo son víctimas de tráfico o la diversificación de la atención prestada a menores no acompañados. Cendón destaca igualmente la necesidad de asegurar una primera atención adecuada en todos los aeropuertos del Estado, incluido el del Prat.

Para seguir avanzando hacia la garantía efectiva del derecho a la protección internacional, la colaboración de los cuerpos policiales, la formación en perspectiva de género y la participación de entidades y organizaciones especializadas se configuran como aspectos imprescindibles. Todos pueden contribuir, sin duda, a descargar la mochila de las mujeres que necesitan refugio.

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