“Los europeos no tenéis ni idea de lo poderoso que es un pasaporte”

17/11/2017 - 12:40

Redacció

Entrevista. Hablamos con Kim Abdi, refugiada somalí y experta independiente en refugiados trans y protección internacional.

Farah Abdullahi Abdi (Beledweyne, Somàlia, 1995) va arribar a Malta procedent de Kenya l’any 2012 després de viatjar durant nou mesos a través d'Uganda, el Sudan del Sud, Líbia i la Mediterrània. Tenia només 16 anys i va sobreviure amb prou feines a la duresa del trajecte i a les màfies que trafiquen amb éssers humans. La història del que li va passar a aquell noiet i els motius que el van empènyer a deixar la seva família els va explicar en el llibre 'Never arrive', que va publicar el 2014, i del qual destina el 20% de les vendes a la comunitat de refugiats de Malta.

Las penurias lo hicieron crecer, escribir lo ayudó a superar los traumas y llegar a Europa le ha permitido ser libre, sentirse seguro y llevar a cabo el proceso de transición de género. Farah es ahora Kim, una mujer de 23 años que reside en Berlín con su pareja y que lucha por la dignidad de los migrantes y por los derechos de los menores que, como ella, huyen solos buscando seguridad. Dice que es afortunada y, sí, lo que ha vivido los últimos cinco años suena un poco a cuento de hadas: tuvo un blog en el diario Malta Today y ahora escribe en el Telegraph; Forbes la  ha incluido en la lista de personalidades menores de 30 años más influyentes de Europa, y ha ganado un par de premios, uno de los cuales promovido por la reina de Inglaterra. “Cuando la conocí, en el 2016, pensé: ‘¡Hace tan sólo cuatro años estaba en una barca pequeña cruzando el Mediterráneo y ahora estoy en el palacio de Buckingham! ¿Estoy soñando?’”.

Para poder ser quien quería ser y estar en paz con ella misma, tuvo que dejar a su madre, con quien mantiene una relación complicada y un contacto frecuente. “La amo con todo mi corazón, tanto si me acepta como si no. Pienso que es la mujer más increíble del mundo, potente y muy fuerte,” afirma. Ha tenido la suerte de encontrar por el camino dos de adopción, que la protegen aquí como lo hizo ella cuando la dejó marcharse: la comisaria europea Cecilia Malmström y la presidenta de Malta, Marie-Louise Coleiro Preca. Nos lo explica en la sede de la Asociación Acathi, durante una estancia en Barcelona para asistir a una reunión de trabajo sobre refugiados menores de edad y LGBTI organizada por Asil.cat.

Denunciaste en tu blog de Malta Today que si hubieras tenido un visado te habría costado poco más de 400 euros volar a Londres. Y en cambio…

Es que es muy complicado. Cuando vienes de Somalia, un país sin gobierno, y que ha estado en crisis durante los últimos 27 años, no tienes un pasaporte que sea reconocido. Es imposible obtener un visado, es imposible viajar a Europa, porque todos los países tienen miedo de que si vamos pediremos asilo. No es como tener un pasaporte español y europeo e ir allí donde quieras. Para nosotros, implica llevar a cabo un viaje muy difícil, para estar fuera de peligro. Un simple documento te puede cambiar la vida, y mucha gente en Europa no sabe lo importante que es  tenerlo. Ahora viajo mucho. Todavía no tengo la ciudadanía europea, pero tengo un documento de viaje para refugiados de Malta, y cada vez que voy al aeropuerto miro a los europeos con sus pasaportes y pienso: “¡No tienen ni idea de lo poderoso que es este documento!”.

Y supongo que tenías los 400 euros para viajar.

Gasté 12.000 euros en un viaje de nueve meses de padecimiento, durante el cual me encerraron y no sabía si moriría. Gasté 12.000 euros cuando podría haber gastado 400 y viajar tranquilamente en un avión y en ocho horas aterrizar en Londres.

“En Kenia tenía todo lo que quería, no me marché por dinero, me marché para ser feliz”

Hablas mucho de tu madre en tus escritos. Tenías sólo 16 años, pero te dejó marchar.

Me dejó marchar porque yo era muy infeliz, me moría lentamente, porque es muy difícil ser transgénero, gay, LGBTI en Kenia, en Somalia, en el África, incluso lo es todavía en algunos países europeos. Me moría lentamente. Mucha gente en Europa piensa que si venimos es para quitarles los puestos de trabajo y quitarles el dinero. No me marché por dinero, en Kenia tenía todo lo que quería, me marché para ser feliz. Me moría lentamente en una casa segura, rodeada por mi familia, aunque no pudieran entender mi dolor y que yo no se lo pudiera explicar.

¿No podrías haber esperado a ser más mayor?

¡Ya quería marcharme cuando tenía 12 años! Lo dije ya entonces y mi madre no me dejó. Me dijo: “¡Estás loco! Pero si todavía no te dejo ir solo a la escuela, cuando está a dos paradas de casa, ¡y pretendes cruzar seis países y el mar!”. Pero cuatro años después, cuando hice los 16, seguía siendo lo mismo y quería marcharme. Ella no entendió en aquel momento porque me iba. Pero vio la tristeza en mi mirada, porque estaba realmente muy, muy, deprimido.

¿Te ayudó?

Sí, con el dinero, evidentemente yo no tenía. Ella fue la que me ayudó.

¿Erais conscientes de que el viaje sería tan duro como fue?

Esperaba que fuera difícil, sin embargo… Es como cuando tienes a alguien próximo que tiene cáncer. Los puedes entender, te puede saber mal por ellos, los puede ayudar pero en realidad no tienes ni idea de cómo se sienten y qué supone pasar por una experiencia así. De manera que cuando empecé el viaje sabía que sería duro, que podría ser difícil, pero no descubres cómo puede ser hasta que no lo pasas. Y es realmente muy difícil.

¿Te daba miedo?

Pasé miedo a veces, pero mirándolo ahora con perspectiva me doy cuenta de que cuando sólo piensas en sobrevivir día a día, el miedo es la última cosa que tienes en la cabeza. Sólo piensas en sobrevivir: ¿Qué haré hoy para tirar adelante? ¿Estaré vivo mañana? ¡Las cosas pasan tan rápido!: te tienes que mover de un lugar a otro, te tienes que esconder, te tienes que meter en un camión, tienes que pagar eso y eso otro, es todo tan rápido que no tienes tiempo de pensar ni sentir nada.

¿Qué aprendizaje sacaste?

Ahora, cuando miro atrás, pienso que fue lo peor que te puede pasar, porque eso no te debe pasar cuando tienes 16 años. Un chico de 16 años debe tener la oportunidad de vivir su infancia, ir a la escuela, ser amado y tener la libertad de hacer cualquier cosa. Pero si no hubiera sido por este viaje, no sería la persona adulta responsable que soy hoy. Tengo 23 años pero es como si tuviera 40.

¿Cómo fue la llegada?

Llegué a Europa cuando tenía casi 17 años y no fue llegar y sentirme fuera de peligro, como en casa, con alguien que te proteja. En muchos países europeos, incluso los nórdicos, en cuanto cumples los 18 años ya no tienes los lujos de ser menor. Un joven de 18 años europeo quizá todavía está en casa de los padres, y puede estudiar e ir a la universidad, y ahorrar y quizá independizarse cuando tiene 24 o 25. Pero nosotros, cuando cumplimos 18 años, dejamos el sistema y tienes que pagar el alquiler, la electricidad, el agua, la ropa, los transportes, como si ya fueras un adulto. O sea que incluso estando en Europa has de crecer muy rápido, no hay nadie que te ayude y tienes que ser muy responsable. Otros jóvenes de tu edad quizá están ahorrando para comprarse el próximo iPhone o para pagarse unas vacaciones, y tú estás pensando que debes trabajar. En Malta yo tenía tres trabajos: trabajaba de lavaplatos, intérprete y traductor para el Gobierno en entrevistas de asilo y trabajaba limpiando casas, todo para ganar dinero suficiente para vivir en seguridad, en mi propio piso. Fue muy difícil pero, al mismo tiempo, me hizo fuerte e independiente y me hizo no depender de nadie.

Eres muy positiva…

No siempre. Por descontado, soy un ser humano y hay días que me preguntaba cómo podría superarlo, pero con una vida así no puedes tener muchos días malos. Te quejas hoy y mañana te tienes que levantar, ducharte, ir a trabajar y seguir luchando la vida.

Has escrito que tu lema es: “Trabaja duro y sueña a lo grande”.

Así es. Con mi libro, con mi blog, con los viajes, quería demostrar a Europa y al mundo que los refugiados no somos inútiles. Quería demostrar que somos seres humanos, que nos podemos integrar, podemos trabajar duro y podemos contribuir. Yo empecé a pagar impuestos tres meses después de llegar a Malta, o sea que ya le estaba aportando al país y no “sacándole”. Pero después de hacer todo lo que he hecho ya no siento que deba demostrar nada a nadie. Ésta es mi vida y la vivo de la forma que quiero. Si me aceptan, perfecto, y si no, me da igual.

“Europa no es el paraíso, especialmente si eres negro, si eres refugiado, si eres transgénero y si eres musulmán”

¿Es Europa como esperabas?

No. No es el paraíso. Es muy diferente del paraíso, especialmente si eres negro, especialmente si eres refugiado, especialmente si eres transgénero, especialmente si eres musulmán. Es muy muy difícil.

¿El viaje de Farah a Kim ha sido difícil?

La transición, no mucho. Pienso que en Europa he sido mejor aceptada como mujer trans que como mujer negra. Eso ha sido así especialmente en Malta. Allí hay mucho racismo. Te dicen que te aceptamos por ser trans, ningún problema, este país acepta gente LGBTI, pero eres negra y, por lo tanto, no tendrías que escribir un libro, no tendrías que tener un blog, tendrías que estar limpiando, tendrías que trabajar en restaurantes, tendrías que trabajar en la recogida de basura, estos son los trabajos y el lugar que te corresponde. No lo pude soportar más y hace un año me mudé a Berlín. Estaba harta. En Somalia y en Kenia me volvía loca porque la gente no me aceptaba a causa de ser LGBTI. Y en Malta la gente me aceptaba por ser LGBTI pero no aceptaba mi color de piel. Pasé de un extremo al otro.

¿Has sufrido discriminación por el hecho de ser musulmana?

Yo no llevo el hiyab pero a veces me lo pongo. Llegué a Berlín el diciembre pasado, dos días después del ataque a Charlottenburg [el atropello masivo que causó 12 muertos el 21 de diciembre de 2016 en un mercado de Navidad de un distrito de Berlín]. No había ido a la peluquería y llevaba el cabello poco arreglado, y como tenía una cita me puse el pañuelo. Estaba esperando el metro cuando una mujer se me acercó y me empezó a gritar que tenía que volver a mi país. En cinco minutos ya había al menos diez personas rodeando a la mujer y diciéndole que llamarían a la policía si no callaba. E hicieron que se marchara. La diferencia entre Alemania y Malta es que allí, si me pasara algo así, se añadirían diez personas más para gritarme que me marchara.

¿Es una cuestión de Malta o piensas que está más extendido en Europa?

Pienso que pasa en otros lugares, pero menos. Incluso en Berlín pasa, pero en unas áreas determinadas, y yo no voy. En una gran ciudad puedes vivir donde quieras, y yo en Berlín me siento en casa, me siento muy amada y apoyada. Pero si vives en una isla pequeña o en un pueblecito, sea donde sea, no hay donde huir.

¿Has podido superar todos los traumas?

Durante los cuatro años que pasé en Malta hice terapia. En Malta hay racismo, pero si quieres apoyo, lo tienes, y yo tuve mucho, tuve psicólogos, pude hacer muchas cosas y pude escribir un libro con la ayuda del Gobierno, y estoy muy agradecida. Pero vivía el racismo de forma cotidiana y sabía que Malta no era mi lugar. Trabajé mucho para ahorrar y marchar de allí. Ahora hace un año que estoy en Berlín y ha sido la mejor experiencia de mi vida. He empezado la transición física, y en Alemania tengo seguro y tengo hormonas, médico y terapia gratis. Tengo todo el apoyo que necesito para hacer la transición segura, tanto emocionalmente, mentalmente como físicamente.

“Para mí, feminismo quiere decir maquillaje y peinados, tacones altos y hacerme las uñas, y lo disfruto muchísimo”

¿Cómo te hace sentir ser una mujer?

¡Adoro ser una mujer! Hoy he ido a Sephora, la gran tienda de maquillaje, porque no hay en Berlín, y me he vuelto loca. Ser una mujer significa cosas diferentes para gente diferente. Yo me odiaba por ser femenina porque pensaba que si era demasiada femenina no soy feminista, porque ser feminista supone luchar por los derechos de las mujeres, ser como los hombres, ser muy fuerte. Pero mi profesora en Malta me dijo que nadie puede definir qué es feminismo. Para mí, feminismo quiere decir maquillaje y peinados, tacones altos y hacerme las uñas, y lo disfruto muchísimo. Y me fascina ir a comprar maquillaje o sujetadores. Soy como un niño en una tienda de caramelos. ¡Es bonito ser una mujer!

Has escogido tu nombre. ¿Por qué Kim?

Por Kim Kardashian, ¡es mi ídolo! Desde muy joven he sido muy femenina, no son las hormonas que me han hecho así. Tenía un culo grande y la verdad es que tener un culo grande siendo un niño era muy difícil. Odiaba mi cuerpo, entonces, rogaba a Dios para que me lo redujera, pero ahora es lo mejor que me ha pasado. Y a Kim le ha pasado algo similar y le gustan las mismas cosas que a mí, el maquillaje, los peinados… Todavía no la he conocido. Quizá me encontraré con el presidente Obama el año próximo y le pediré que me ponga en contacto con ella.

¿Visto con perspectiva, volverías a hacer lo mismo?

Sí.

¿Incluso los nueve meses de viaje a Europa?

No cambiaría nada, porque todo lo que pasé me enseñó todo lo que tengo ahora. Y hoy lo aprecio diez veces más. Doy gracias a Dios, a quien sea, por haberme bendecido. En Alemania he encontrado el amor de mi vida. Dejé Kenia porque quería ser libre, quería sentirme segura y ser feliz, y porque quería encontrar al amor de mi vida. Y lo he hecho todo.

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