La escuela también acoge

28/09/2018 - 10:45

Redacció

Educación. La escolarización de los niños recién llegados que lo han dejarlo todo atrás y que han vivido situaciones extremas es un elemento clave que les ofrece seguridad y la posibilidad de recuperarse, y les abre nuevas perspectivas de futuro.

De los más de 25 millones de personas refugiadas que hay en el mundo, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la mitad son menores de 18 años. Los niños, especialmente los que viajan solos —más de un tercio—, son, precisamente, los más vulnerables de esta crisis humanitaria. Las secuelas que pueden sufrir, tanto desde el punto de vista médico como psicológico, son múltiples, tales como la pérdida de los padres o cuidadores por causa de muerte o porque se ven obligados a separarse, el hambre o la falta de higiene y asistencia sanitaria, pero también tienen un alto riesgo de perder oportunidades educativas.

En la escuela, los niños juegan, aprenden y se desarrollan. Su futuro depende, en parte, del acceso a una educación de calidad. A pesar de ello, el informe “Invertir la tendencia: la educación de los refugiados en crisis”, de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, muestra que cuatro millones de niños y niñas refugiados de todo el mundo no van a la escuela. Solo el 61 % cursan estudios de primaria, en contraste con la tasa global, que es del 92 %. A medida que crecen, la brecha se hace más profunda: el 23 % de los niños refugiados llegan a la secundaria y apenas un 1 % acceden en la universidad.

La llegada a la escuela

Miqueas Josué, de 9 años, y su hermana, Yeinile Raquel, de 8, llegaron a Barcelona en diciembre del 2017 cuando sus padres huían de la represión en Venezuela, su país natal. Allí, la familia, militantes del partido opositor, estaba al frente de una fundación que rescataba a jóvenes drogodependientes de la calle, muchos de ellos pertenecientes a los colectivos. Se trata, según la ONU, de organizaciones que se crean para implementar programas gubernamentales y que realizan actividades de vigilancia para las autoridades, algunas de las cuales utilizan las armas para intimidar y atacar a personas opuestas al Gobierno. “Tuvimos muchos problemas porque muchos de los chicos rescatados habían quedado en deuda con los colectivos y no les querían dejar marcharse. Nos amenazaron de muerte y tuvimos diversos intentos de hurtos en casa, por lo cual tuvimos que dejarlo todo y huir en menos de 24 horas”, según explica el padre, Josué Salazar, consejero familiar de profesión.

El proceso de preinscripción de niños refugiados es el mismo que el de cualquier otro niño, y se facilita que los hermanos puedan ir todos a la misma escuela.

Una vez instalados en Barcelona, primero en un hotel y posteriormente en una residencia, gracias a la ayuda de entidades como la Cruz Roja, los pequeños de la familia empezaron la escolarización en Els Pins, escuela del distrito municipal de Horta-Guinardó. Al igual que Tamar, Levan y Anna, tres hermanos de Georgia, estado de Europa del Este, de 3, 8 y 10 años, respectivamente. El proceso de preinscripción, en estos casos, es el mismo que se sigue con cualquier otro niño, y se facilita que los hermanos puedan ir todos a la misma escuela.

El curso pasado fue la primera vez que el centro recibía a niños refugiados, y rápidamente se montó el aula de acogida, de la cual no se disponía antes. También se apresuraron para proporcionarles un lote de material (estuche, papel, lápiz…), libros (de un fondo de libros que la escuela va reutilizando) y dossieres que preparan los mismos profesores. “Hay quien está sólo quince días; otros, tres meses… pero nosotros lo proyectamos como si tuvieran que estar todo el curso”, nos explica la directora, Anna Mackay. A la vez, se les asignan alumnos que les hacen de tutores para que se sientan más acompañados durante el proceso de adaptación.

Principales dificultades de aprendizaje

En este proceso, el idioma es el primer obstáculo con el que se encuentran los recién llegados, aunque es fácilmente superable porque las ganas de comunicarse hace que enseguida se hagan entender. Más difícil es superar su estado psicológico, porque no tenemos que olvidar que son niños que no sólo han vivido una situación extrema, sino que lo han dejado todo atrás. “La parte más dura para mis hijos fue tener que desprenderse de la familia, los amigos, y tener que volver a hacer vínculos afectivos en un nuevo país”, recuerda Josué.

El impacto del trauma que han vivido provoca desfases en diversas áreas del desarrollo, como problemas de atención y memoria, miedo y rabia, dificultades de relación en el aspecto social, etc.

Para María Álvarez, terapeuta infantil del Centro Exil, la situación psicológica en la que se encuentran los refugiados cuando llegan al país de acogida “es muy variable, porque depende de su historia previa en el país de origen”, pero cuando se trata de niños, “el impacto del trauma provoca desfases en diversas áreas del desarrollo”, como por ejemplo problemas de atención y memoria, miedo y rabia, dificultades de relación en el aspecto social, problemas sensorio-motrices, etc. Esta entidad ofrece atención terapéutica a personas exiliadas víctimas de contextos de guerra, entre las cuales hay niños que están siendo escolarizados en escuelas catalanas. Cuentan con un equipo formado por profesionales del trabajo social, la psicología y la psiquiatría que intervienen de forma directa con el niño y su familia, pero también trabajan formando a las personas que los acompañarán, como por ejemplo los profesores.

La escolarización es fundamental, pero tal como puntualiza María Álvarez, si no se resuelven las necesidades básicas, la rehabilitación no se puede completar. “Estos niños viven muchas veces con incertidumbres: quizás tienen familiares que han quedado en el lugar de conflicto, no saben cuál es su situación legal, si les darán un piso o no… Por eso es básico favorecer un contexto de seguridad (casa, escuela, trabajo) a largo plazo y que a partir de aquí puedan aprender, porque en estado de alerta y supervivencia no se puede.“Mis hijos llegaron a pensar que siempre viviríamos moviéndonos de un lugar al otro. Poder ir a la escuela, vivir en un piso, es muy importante para ellos, porque ven el panorama más claro y eso los tranquiliza tanto a ellos como nosotros,” asegura Josué Salazar.

La sensibilización de los alumnos y sus familias

Los pequeños Lizzi, Luka y Niki continúan en Els Pins durante este curso escolar, pero Miqueas Josué y Yeinile Raquel ahora viven en Logroño, donde la familia ha podido encontrar, por fin, esta estabilidad. Anna MacKey se lamenta de que, igual que llegan, se pueden marchar de un día para el otro, y muchas veces no tienen ocasión de despedirse. El despido es un momento difícil tanto para los alumnos como para los profesores, pero queda la satisfacción del trabajo bien hecho: “El aprendizaje es muy grande, es un reto para todo el claustro de profesores.”

Es importante explicar a los alumnos y a sus familias que a lo largo del curso pueden llegar niños y niñas que han tenido que dejar su casa, sus amigos y su familia, de repente.

El papel de la escuela como vertebrador de procesos de inclusión pide también sensibilizar a los alumnos y sus familias. “Este año, a los grupos que tienen vacantes ya los hemos puesto en situación explicándoles que podría ser que a medio curso llegaran niños y niñas nuevos y que se imaginen cómo sería tener que dejar tu casa, tus amigos, tu familia, de repente. Y también hemos trabajado con el AMPA y están todos muy dispuestos y con ganas de recibir a estas personas”, afirma la directora de la escuela Els Pins.

Aparte de eso, el Ayuntamiento de Barcelona y las entidades disponen de recursos pedagógicos y de herramientas de sensibilización y educación para el desarrollo destinados a la sociedad civil en general. El ACNUR, por ejemplo, lleva a cabo, desde el 2011, programas de sensibilización destinados a la educación primaria y secundaria. Una muestra de ello son los talleres-charla “Escuchamos a los refugiados”, en los cuales se trabaja el conocimiento de los fenómenos migratorios a través del testigo presencial de personas refugiadas. Educar a las nuevas generaciones sobre las desigualdades es la mejor forma de cambiar.

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