Lejos de las maras de Centroamérica

24/07/2019 - 16:13

Redacció

Refugio. La violencia de las maras es una lacra y una de las causas más importantes de las demandas de protección internacional de países como Honduras y El Salvador. Pero ¿por qué se rechazan sistemáticamente estas solicitudes?

Marabunta: población masiva de ciertas hormigas que arrasan todo lo que tocan. Este es el origen de la palabra ‘mara’, utilizada para describir a las bandas violentas que asolan países como Honduras y El Salvador. Junto con la pobreza, el miedo a perder la vida es la principal causa de huida de estos países y lo que explica los éxodos masivos. Una parte de las personas procedentes de este contexto de violencia llega a España: para las personas hondureñas es el primer país escogido; para las salvadoreñas, el segundo, después de Italia. A pesar de que la actividad extorsionadora y criminal de las maras es bastante conocida, hasta el 2017 el Estado español rechazó sistemáticamente las solicitudes de protección internacional de las personas que habían huido de estas bandas criminales. Desde entonces, la disposición de las instituciones españolas a otorgarles el estatus de refugiado es mayor, pero sigue habiendo demasiadas denegaciones teniendo en cuenta el enorme peligro que implica el retorno.

Extorsión, amenazas, asesinatos

La violencia de las maras tiene muchas caras: desde la extorsión económica, los secuestros y el reclutamiento forzoso, hasta los asesinatos, las desapariciones y las violaciones. Y un único elemento en común: el terror en las poblaciones donde están instaladas.

Las causas de su existencia también son múltiples. La pobreza y la falta de perspectivas de futuro, la corrupción crónica y el hecho de ser países donde durante generaciones se ha vivido en guerra son claves para explicar el porqué de este fenómeno. La vida cotidiana en las zonas controladas por las cuadrillas puede llegar a ser una pesadilla, y los estados casi no proporcionan ninguna protección; todo lo contrario, en muchos casos la intervención de las instituciones todavía genera más miedo. Las denuncias llevan a menudo a más amenazas y situaciones de mayor peligro. La huida se convierte en muchos casos en la única salida para sobrevivir.

En el año 2018, de las 160 solicitudes de refugio de hondureños, solo se otorgaron 10, y todas las de salvadoreños, 120, fueron denegadas

Obstáculos a la hora de conseguir el asilo

La mayoría de los centroamericanos que han solicitado protección internacional en España son personas directamente amenazadas o que han vivido la violencia de estas bandas en el seno de su familia: en el 2018, 2.410 personas de Honduras y 2.275 de El Salvador, según el último informe sobre datos de refugio de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Sin embargo, los datos de concesión del estatus de refugiado son muy decepcionantes. Si nos atenemos a las solicitudes también del 2018, de las 160 presentadas por hondureños, solo se aprobaron 10, y todas las solicitudes de salvadoreños, 120, fueron rechazadas. El mismo informe explica que las directrices del ACNUR del 2016 relativas a la evaluación de las solicitudes de protección internacional procedentes de El Salvador han tenido un cierto impacto, y seguramente las 10 resoluciones positivas son resultado de ello, pero la realidad es que se siguen observando déficits en las valoraciones que hacen las instituciones a la hora de otorgar o no el estatus de refugiado. Según la experta Alba Hernández Lacoma, las razones aducidas para denegar una solicitud de este tipo son tan discutibles como la equiparación de la violencia de las maras con la delincuencia común (ya que está del todo demostrado que se trata de crimen organizado contra determinados grupos sociales): la supuesta capacidad de los estados para proteger a su población (aunque la mayoría de los relatos de las personas solicitantes ponen en duda la capacidad de protección de las autoridades a causa de la corrupción y de la impunidad de que gozan) y la insuficiencia de las pruebas aportadas (a pesar de que es sabido que es muy difícil obtener evidencias de extorsiones o que las denuncias son ineficaces). Otro argumento para denegar el asilo es que existe la posibilidad de huida interna, a pesar de que se sabe que las bandas tienen influencia en todo el ámbito nacional e incluso internacional.

“Tuve que pagar constantemente dinero a los hombres de la mara, que me amenazaban incluso de muerte, si no lo hacía”

El miedo continúa

Con el objetivo de aportar algún testimonio directo en este artículo, intentamos contactar con personas de Barcelona que han llegado a nuestro país huyendo de las maras de América Central. Ha resultado casi imposible lograr que alguien se atreviera a hablar, por el miedo a ser localizado, pero, sobre todo, por el miedo a las represalias que podrían sufrir los familiares que continúan viviendo en su país de origen.

Finalmente, Anita, procedente de Honduras, accedió a contarnos su historia, eso sí, con un nombre falso. Anita es miembro de la Asociación Mujeres Migrantes Diversas, llegó a Barcelona hace dos meses y es solicitante de protección internacional. “Empecé a ser acosada por un hombre que ‘me pretendía’ y que, ante mi rechazo, puso en marcha la maquinaria de la mara a la que pertenecía. Tuve que pagar dinero a los hombres que me enviaba constantemente para amenazarme, incluso de muerte, si no lo hacía. Me fui de casa durante un tiempo, pero, cuando volví, también lo hicieron las extorsiones. Lo habría denunciado, pero allí, en Honduras, todo el mundo sabe que la policía trabaja para las bandas. La gente callamos porque sabemos que no nos ayudarán y que la situación puede empeorar”, explica Anita.

Anita sabe que le será difícil demostrar que ha sido amenazada y perseguida, porque, como no hay denuncia, ni posibles trazas de la extorsión (tuvo que cambiar de teléfono y dejarlo todo atrás cuando decidió huir), los órganos decisorios españoles pueden obviar el peligro que la espera si regresa a su país.

“Los jóvenes que llegan a España procedentes de las maras son los que más rehúyen el contacto con los grupos de aquí”

Internacionalización de las maras: ¿en Barcelona están presentes?

Según nos comenta Marià Gàlvez, coordinador del Equipo de Intervención en Grupos Organizados (EIGO) del Ayuntamiento de Barcelona, “en el año 2015 había un único grupo en Barcelona, ​​el de la mara Salvatrucha (MS13), que tenía su espacio en el distrito de Nou Barris”. Y añade Gàlvez: “Una intervención de la Guardia Civil por una causa abierta en Alicante, donde estaba establecida una de las principales clicas (que es como denominan los mareros a los grupos), la hizo desaparecer. Y, en general, los jóvenes que proceden de las maras y que llegan a España son los que más rehúyen el contacto con los grupos de aquí”.

En el resto del Estado sigue habiendo actividad de las maras, sobre todo en Alicante y Madrid, pero están en el punto de mira de la Guardia Civil, y por eso sus miembros no se arriesgan a ser deportados, y también intentan evitar que los envíen a la cárcel.

El EIGO, que tiene como misión el tratamiento preventivo e integral de las necesidades grupales y comunitarias de los adolescentes y jóvenes que pertenecen a grupos organizados, ahora mismo se centra en promover transformaciones personales en los individuos vinculados a las bandas como los Latin Kings, los Ñetas, los Trinitarios, los Dominicanos Don’t Play, Los Menores o los Golden Boys.

También es destacable el proyecto Transgang (Transnational Gangs as Agents of Mediation: Experiences of Conflict Resolution in Street Youth Organizations in Southern Europe, North Africa and the Americas), liderado por la Universidad Pompeu Fabra y el catedrático Carles Feixa, que tiene el objetivo de desarrollar un modelo renovado para el análisis de las bandas juveniles transnacionales en la era global.

Sin embargo, la lacra de las maras es una cuestión poco y mal enfocada por los estados de sus países de origen, Honduras y El Salvador. Como decía el periodista Roberto Valencia, autor de Carta desde Zacatraz, donde relata la vida de un líder salvadoreño de la mara Salvatrucha, el futuro es bastante incierto, y es probable que se requieran muchas generaciones para acabar con la violencia de las maras.

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