Historias para quedarse helado

22/11/2017 - 13:15

Redacció

Sensibilización. La novela gráfica 'Un regalo para Kushbu' explica en cómic la huida y el viaje traumático de diez personas migrantes y refugiadas que viven en Barcelona.

En el Espai Mescladís, una mujer joven trabaja ajetreada detrás de la barra. Los clientes y los habituales entran y salen de esta acogedora terraza ubicada entre la calle de los Carders y la plaza del Pou de la Figuera, al lado de un pasaje empapelado de fotografías en blanco y negro de los vecinos del barrio. Kushbu, así se llama la encargada de este restaurante cafetería, habla poco, pero sonríe mucho. Nadie que no la conozca lo sabe, pero es una de las protagonistas de un libro de cómic que lleva su nombre. Coeditado por el Ayuntamiento y Astiberri Ediciones, y producido por Mescladís y la Asociación Al-Liquindoi con el apoyo de “Barcelona, ciudad refugio,” 'Un regalo para Kushbu. Historias que cruzan fronteras' es tanto un proyecto pedagógico y de sensibilización como el regalo de boda con su hombre, Basanta, que le han hecho un grupo de personas que, como esta pareja originaria de Katmandú, tuvieron que huir de su país y buscarse la vida en Barcelona. “¿Que qué le puedo regalar para su boda? Pues lo único que tengo, ¡mi historia!”, se le ocurrió a Ilyas.

“Ilyas nos dio la idea del título”, recuerda Martín Habiague, el alma del proyecto de la Fundación Mescladís, un proyecto sostenible de economía solidaria que promueve la cohesión social, el diálogo intercultural y el enriquecimiento mutuo en el casco antiguo. Argentino establecido en Barcelona, Habiague montó Mescladís en el 2005, poco después de llegar a la ciudad procedente de Bélgica, donde, explica, había sido testigo de malas prácticas en la gestión de la inmigración. “Llegué en unos años en los que Barcelona estaba recibiendo muchos migrantes y yo quería poner mi granito de arena positivo a nivel de barrio”. La entidad acoge actualmente a más de una veintena de personas a las cuales da trabajo, la mayoría de las cuales son de origen extranjero, y se financia sobre todo con los beneficios del café restaurante.

Mescladís destina el grueso de sus ingresos al programa “Cocinando oportunidades”, a través del cual proporciona formación y acompañamiento en el mercado laboral a personas en situación irregular y en riesgo de exclusión social con el objetivo que puedan regularizar su situación administrativa. La mayoría son solicitantes de asilo que han sido rechazados y que llegan derivados desde entidades que trabajan con personas refugiadas. El pasado año, formó a 80 personas, 28 de las cuales han conseguido trabajo y papeles.

Mescladís también lleva a cabo proyectos culturales y artísticos en el marco de su programa de desarrollo comunitario. Este es el caso de Diálogos invisibles, un proyecto fotográfico realizado en el 2015 con el fotógrafo Joan Tomàs que usa el retrato en instalaciones urbanas en el espacio público de la ciudad para sensibilizar sobre la historia de personas migrantes condenadas a vivir en la marginalidad. Como Un regalo para Kushbu, Diálogos invisibles “muestra que migrar es un derecho y que está siendo recortado con políticas migratorias criminales”, denuncia Habiague. “Cuando si no hubiera migrantes los tendríamos que inventar, porque no habría progreso ni bienestar en España sin lo que aportan.”

Identidades individuales

Un regalo para Kushbu da continuidad a Diálogos invisibles. Muchos de los protagonistas de la novela gráfica lo fueron del proyecto fotográfico y el objetivo de las dos iniciativas es el mismo: poner nombres y rostros y dotar de identidades individuales a sus protagonistas. Sus historias son únicas, pero reflejan las de millones de personas que han venido a Europa buscando un futuro mejor y que a menudo son tratadas y despersonalizadas con números y estadísticas.

“Meterlos dentro de paquetes amorfos es el primer paso para quitarles la humanidad, y si te la quito, puedo matarte”, añade Habiague. “Explicando la historia en primera persona llegas a ella desde las emociones y tienes la posibilidad de empatizar.”

Los nombres, en este caso, son los de Kushbu y Basanta, protagonistas, muy a pesar suyo, de una historia de amor prohibido que los obligó a huir de Nepal y jugarse la vida en un viaje infernal. Una historia para quedarse helado, como refleja una viñeta del libro que los muestra agachados y abrazados dentro de un camión congelador cruzando clandestinamente Europa.

Son también los nombres de Ilyas, Soly, Farida, Raju, Deborah, Bubakar, Dilora y Camilo. Diez personas diferentes, procedentes de nueve países de todo el mundo (Nepal, India, Afganistán, Uzbekistán, Níger, Nigeria, Senegal, Marruecos y Colombia), que acabaron refugiándose en Barcelona y se han encontrado en Mescladís. Muchos solicitaron protección internacional en España, y a la mayoría el Gobierno central se la denegó. Solo Farida tiene el estatus de refugiada. El resto han ido consiguiendo regularizar su situación administrativa por arraigo, muchos con contratos de trabajo reales o solidarios vinculados al servicio doméstico.

Las historias de cada uno de ellos son particulares, pero confluyen y tienen cosas en común, y momentos en los que se solapan: huidas, trayectos de riesgo, devoluciones, detenciones, precariedad, explotación y desamparo, pero también solidaridad. Cada una representa un aspecto de la migración: la de Deborah aborda la explotación sexual y el tráfico de seres humanos; la de Ilya, la de los menores que llegan solos a Europa; la de Soly, la pobreza y la búsqueda de un futuro mejor; la de Camilo, la identidad de género; la de Farida, la persecución de las mujeres en el Afganistán de los talibanes; la de Kushbu, las mafias que trafican con migrantes; la de Raju, la detención en un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) y la deportación al punto de partida.

Y hay tres personajes secundarios que ayudan a enlazar sus historias y entender el proceso de construcción del cómic, que se constituye en historia dentro de la historia. Son el mismo Habiague, el escritor y guionista Gabi Martínez y el dibujante Sagar Forniés, que formó parte desde el principio del equipo de creación del libro. La novela quería incidir en las violaciones de derechos pero también en la solidaridad, y en ella aparecen las entidades y algunas de las personas que les han dado apoyo: ACCEM, la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado (CCAR), la Asociación Acathi, Càritas, Cruz Roja o el Lloc de la Dona.

Espacio de unión

Hay un escenario que se repite, el del Espai Mescladís, punto de unión y de encuentro, de personajes y de dibujantes. Unos porque trabajan, trabajaron o se formaron o porque pasan de vez en cuando a saludar y a sentirse como en casa. Los otros porque se reunieron para conocer a los protagonistas, preparar la novela, poner en común el trabajo, debatir el estilo y los colores. También tienen nombres. Son, además de Forniés, y por orden alfabético, Tyto Alba, Cristina Bueno, Miguel Gallardo, Martín López Lam, Andrea Lucio, Susanna Martín, Marcos Prior, Sonia Pulido y Manu Ripoll.

Soly, uno de los protagonistas de la novela, es hoy el gerente. Lleva la organización de este local y del bar que Mescladís gestiona en el Orfeó de Gràcia. Kushbu es su mano derecha. Nacido en 1984 en Senegal, llegó en patera en España cuando tenía 22 años soñando con poder estudiar para ser ingeniero de caminos. Trabajó un par de años en la construcción en Almería hasta que perdió el trabajo cuando estalló la burbuja inmobiliaria y se buscó la vida en Barcelona haciendo casi de sí mismo en papeles de figurante en diversas películas.

Su historia la dibujó Martín López Lam. La entrevista que le hizo el dibujante, y que Gabi Martínez y Martín Habiague le habían hecho antes, le sirvió para recordar detalles que había olvidado y explicar momentos dolorosos del trayecto de huida de los cuales nunca antes había hablado.

“Te relajas explicándolo, porque das gracias a la vida por poder explicarlo”, afirma

Càritas lo puso en contacto con Mescladís, donde siguió uno de los itinerarios de formación sociolaborales, de ayudante de cocina y de camarero. Trabajó en un par de hoteles y en un restaurante, hasta que Mescladís lo contrató el año 2011. No ha podido ser ingeniero de caminos, pero explica riendo que lo suplió casándose con una ingeniera agrónoma. Pero ya no le importa. Por el camino, dice, se enamoró de la hostelería.

Voz propia

Como en el caso de Soly, la novela gráfica se basa en las historias de los personajes tal como las han explicado ellos mismos, de primera mano, un aspecto clave de su elaboración, porque, como subraya Martín Habiague, “los migrantes somos interpretados por los otros y tenemos muy poca voz”. Un regalo para Kushbu tiene una particularidad, y es que en general las mujeres protagonistas han preferido ser representadas por las mujeres dibujantes.

“Lo que es muy interesante y particular de Un regalo para Kushbu es el hecho de que sea un trabajo colectivo, con tanta gente. Entre dibujantes y protagonistas somos una veintena de personas, ¡hay tantas voces y tantas formas de dibujar”!, subraya Andrea Lucio, una de las dibujantes que ha participado en el proyecto.

Lucio ha sido el único de los dibujantes que no ha podido conocer la protagonista de la historia que ha dibujado. Sus viñetas narran la historia de Deborah, un nombre fingido para una mujer nigeriana que todavía tiene que proteger su parador y su identidad por seguridad. Los detalles de todo lo que le ha pasado los supo a través de Habiague y del guion de Gabi Martínez, y de las trabajadoras del Lloc de la Dona que ayudaron a Deborah y a sus dos hijos a huir de la red de tráfico de personas que la explotaba.

“Quizá la historia de Deborah es la que hemos tenido que recrear más. Había detalles concretos que no sabíamos, como, por ejemplo, cómo cruzó la frontera de Marruecos”, explica Andrea Lucio. Para poder imaginarla y reflejar los lugares y las peripecias que la marcaron, se tuvo que documentar. Así, descubrió una anécdota que no sabía, como el hecho de que la peluca de pelo largo y liso que lleva Deborah es de uso habitual entre las mujeres en Nigeria.

No conocerla, sin embargo, le permitió distanciarse de una historia muy dura, casi como si fuera una ficción. “Lo es tanto que necesitarías páginas para explicarla, y en todas hemos tenido que sintetizar mucho.”

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